Cuestionan la moda de llevar un sensor de glucosa sin ser diabético y alertan de posibles riesgos

Los monitores continuos de glucosa se comercializan también para ajustar la dieta o el ejercicio, pero una nueva revisión concluye que no hay pruebas de que mejoren la salud de las personas sin diabetes

 

Los sensores continuos de glucosa han pasado en pocos años de ser una herramienta vinculada al tratamiento de la diabetes a convertirse también en un producto de consumo. En marzo de 2024, la FDA estadounidense autorizó el primer monitor de este tipo de venta libre para adultos que no utilizan insulina, incluyendo expresamente a personas sin diabetes que quisieran observar cómo la alimentación y el ejercicio modifican sus niveles de glucosa.

Según recoge el diario La Vanguardia, la posibilidad de ver en el móvil cómo cambia la glucosa después de una comida, una noche de sueño o una sesión de ejercicio resulta atractiva. Sin embargo, una nueva revisión narrativa elaborada a petición de JAMA Internal Medicine cuestiona que disponer de todos esos datos tenga beneficios demostrados para una persona sana.

Los monitores continuos de glucosa utilizan un pequeño sensor colocado bajo la piel que realiza mediciones frecuentes y transmite los resultados a un dispositivo o aplicación, siendo especialmente útiles en personas con diabetes porque facilitan el seguimiento continuo y pueden ayudar a ajustar el tratamiento. Su utilidad está bien establecida en determinados pacientes con diabetes, especialmente cuando existe riesgo de hipoglucemia o es necesario ajustar el tratamiento.

La revisión señala que en personas con diabetes tipo 2 estos dispositivos pueden reducir la necesidad de realizar repetidos pinchazos en el dedo y facilitar decisiones terapéuticas. Su utilización también se asocia, de media, con una reducción modesta de la hemoglobina glicosilada o HbA1c, el indicador empleado para conocer cómo se ha comportado la glucosa durante los últimos meses.

Los investigadores no encontraron evidencia científica de que utilizar un monitor continuo de glucosa mejore la salud o prevenga enfermedades en personas sin diabetes, lo que no significa que el dispositivo no sea capaz de registrar datos correctamente. El problema es que medir más variables del organismo no implica necesariamente obtener un beneficio clínico de esa información.

Esta tecnología es tremendamente valiosa para determinados grupos de pacientes”, ha explicado Minna Johansson, profesora asociada de la Academia Sahlgrenska de la Universidad de Gotemburgo y una de las autoras de la revisión. El problema, añade, aparece cuando empieza a utilizarse en grupos en los que no se sabe si aporta algún beneficio o incluso si podría causar efectos indeseados.

Los autores advierten de que mostrar continuamente esos cambios puede hacer que algunas personas interpreten como preocupantes oscilaciones que forman parte de la fisiología normal. Las variaciones de glucosa forman parte de la respuesta normal del organismo, pero verlas continuamente puede llevar a interpretarlas como problemas que en realidad no lo son.  

El problema es que disponer de esa información no significa necesariamente saber interpretarla, ya que una subida puntual después de comer puede formar parte de una respuesta fisiológica normal y, sin contexto clínico, llevar a sacar conclusiones equivocadas sobre la dieta o el estado de salud. La consecuencia podría ser modificar innecesariamente la alimentación para intentar conseguir una gráfica cada vez más plana.

Según los investigadores, esa búsqueda puede favorecer restricciones dietéticas injustificadas, preocupación por determinados alimentos o ansiedad ante cifras difíciles de interpretar sin contexto clínico. Un alimento que provoque una subida puntual de glucosa, por ejemplo, no puede clasificarse automáticamente como saludable o perjudicial únicamente por esa respuesta; pero tener más datos no significa conocer mejor la salud.

Aquí aparece una de las principales paradojas señaladas por la revisión. Un sensor puede generar una cantidad enorme de información individual, pero todavía faltan referencias suficientemente claras para interpretar muchas de esas mediciones en personas sanas.

Johansson ha señalado que ya están observando a personas sin diabetes que acuden al sistema sanitario para pedir ayuda a la hora de entender las gráficas obtenidas con estos dispositivos, lo que introduce un segundo posible efecto: aumentar consultas, pruebas o preocupación médica a partir de unos datos cuyo valor para prevenir enfermedades todavía no se ha demostrado.

Los propios dispositivos tampoco están completamente libres de efectos adversos físicos. De esta manera, en la autorización del primer CGM de venta libre, la FDA recogió entre los eventos observados irritación cutánea, molestias, dolor e infecciones locales.

El mensaje de los investigadores no es que los sensores continuos de glucosa sean inútiles; más bien al contrario, ya que pueden transformar el tratamiento de pacientes que necesitan conocer y controlar constantemente su glucemia. La cuestión es si esa misma herramienta produce beneficios cuando se traslada a personas que no tienen diabetes.

Por ahora, la revisión concluye que no existe evidencia de que llevar uno prevenga enfermedades o mejore la salud en personas sanas, y los investigadores reclaman por ello que las empresas que los comercializan para este público expliquen con mayor claridad esa ausencia de pruebas.

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