Desarrollan un nuevo algoritmo que podría mejorar la monitorización de glucosa

Un equipo de investigadores del Center for Diabetes Technology de la Universidad de Virginia ha demostrado que la monitorización continua de glucosa puede convertirse en una herramienta clave no solo para vigilar la diabetes tipo 2, sino también para guiar de forma automática y personalizada el ajuste de la insulina basal.

 

El estudio, desarrollado durante 16 semanas con personas con diabetes tipo 2 en tratamiento con insulina degludec, sugiere que un algoritmo capaz de leer e interpretar todos los datos del sensor puede igualar, e incluso mejorar, los resultados obtenidos con el método clásico basado en pinchazos capilares antes del desayuno.

La investigación abre la puerta a una nueva forma de abordar uno de los mayores problemas en el manejo de esta enfermedad crónica: la llamada inercia clínica, es decir, la dificultad para iniciar o intensificar el tratamiento cuando está indicado.

Aunque existen terapias eficaces, una parte importante de los diabeticos no logra alcanzar los objetivos recomendados de hemoglobina glicosilada. En muchos casos, cuando los fármacos orales dejan de ser suficientes, se hace necesario iniciar insulina basal de acción prolongada. Sin embargo, el proceso de ajustar correctamente la dosis suele ser lento, complejo y, con frecuencia, insuficiente.

Tradicionalmente, esta titulación se basa en la automonitorización de la glucosa en sangre mediante punciones digitales en ayunas. El objetivo es situar la glucemia en un rango de 80–130 mg/dL antes del desayuno, pero aunque este sistema es el estándar, implica una carga constante para el paciente y para el profesional sanitario, requiere registros frecuentes y comunicación continua, y suele estar condicionado por el miedo a la hipoglucemia y la falta de tiempo en consultas saturadas.

Además, puede favorecer lo que se conoce como “hiperbasalización”, es decir, un aumento excesivo de la dosis basal cuando el problema real está en las subidas de glucosa tras las comidas.

La aparición de la monitorización continua de glucosa (MCG) ha cambiado radicalmente este escenario, ya que los sensores permiten observar tendencias, variabilidad glucémica, tiempo en rango y episodios de hipoglucemia nocturna, unos datos que resultan invisibles con los controles aislados. Sin embargo, hasta ahora no existía un protocolo estandarizado que utilizara toda esa información para ajustar de forma sistemática la insulina basal en pacientes con diabetes.

Ahí es donde entra en juego el algoritmo desarrollado por este equipo de Virginia, un sistema que analiza de forma automática las lecturas del sensor durante las dos semanas previas y genera una recomendación semanal de ajuste de dosis, sin necesidad de que el paciente identifique periodos de ayuno o ingestas.

El criterio principal del estudio fue medir el cambio en el tiempo en rango (70–180 mg/dL) tras 16 semanas, comparando este sistema con el método tradicional basado en glucemias capilares. Los participantes que utilizaron el algoritmo pasaron de estar un 54,1 % del tiempo en rango seguro a un 75,3 %. En el grupo que siguió el método convencional, el aumento fue menor: del 50,2 % al 55,3 %. Además, en el grupo experimental se observó una mejora global del tiempo en rango del 20,3 %, frente al 8,3 % del grupo control.

Aproximadamente la mitad de los pacientes que usaron el algoritmo lograron incrementos superiores al 20 % en este indicador, considerado uno de los más relevantes en el control actual de la diabetes.

Desde el punto de vista de la seguridad, aunque la incidencia de hipoglucemias leves fue ligeramente superior en el grupo del algoritmo, las cifras absolutas fueron bajas y no hubo diferencias estadísticamente significativas, de manera que el tiempo por debajo de 70 mg/dL se mantuvo en valores mínimos.

Los investigadores creen que la mayor conciencia glucémica que proporciona la MCG abierta ayudó a los participantes a anticiparse a situaciones de riesgo.

La automatización de estas recomendaciones podría contribuir a reducir la inercia terapéutica y estandarizar la atención, descargando tanto a médicos como a pacientes.

Aun así, el estudio presenta limitaciones, ya que ha contado con un número reducido de participantes, una duración relativamente corta y el uso de un único tipo de insulina basal. Además, no estaba diseñado para separar el efecto del algoritmo del impacto que supone, por sí mismo, utilizar una MCG visible. Por ello, los autores han reclamado ensayos más amplios y prolongados que confirmen estos hallazgos.

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